Virginia, tus piernas largas, tu apellido extranjero, tus ojos siempre con sueño.
Te vi una sola vez en mi vida, en Salta, qué fin de semana ese, qué extraño año nuevo.
Salí llorando de Tarija, en medio de fiesta y amigos en viaje, haciendo tonteras como en película adolescente. Llorando por ella, la que había dejado, quizás para siempre.
El camino, ese lugar en que todo suspende, la vida misma rueda mientras pasan las imágenes a 100 km por hora.
Sacando la lengua, suspendida en una silla pegada a dos metros en la pared, las piernas colgando.
Hace tanto que siento esta soledad dentro, este desamparo. Como si necesitase convencerme de hacer todos los días las tres cosas que le dan sentido a dejar la cama, a abrir los ojos, y supiera, sin embargo, que todo es mentira, que no hay motivo real para estar en lado alguno.
Veo tus fotos, recuerdo el ambiente del lugar, el vino de casa en botellas pequeñas de pico ancho. Las hojas de coca en tu boca, coquetas, un juego más.
¿Algún día tendré la quietud y tranquilidad que tanto añoro desde niño? Bloquear todo, no sentir.
Sigo viendo tus fotos, hermosa desconocida, te quedan bien las gafas oscuras, la sonrisa.
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