Las hormigas han tomado mi cocina. Salen del grifo del lavaplatos, entran por la ventana, salen de alguna fisura de la pared, no estoy seguro. Están en todas partes, tomo agua de la caldera y las siento en mi boca, abro el envase de algún dulce sacado del refrigerador y también las encuentro. Son pequeñas, millones de ellas. Deberíamos considerar seriamente la posibilidad -estar preparados para ello- de que algún decidan convertise en la especie dominante del planeta.
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Cuánta gente pasa los fines de semana o feriados recluído en cama, masturbándose frente al televisor, esperando que el celular suene, vericando patéticamente en la pantalla cada cierto tiempo la llegada de un mensaje o una llamada perdida. Comiendo lo menos posible, moviéndose lo menos posible. Esperando.
Ya casi no leo y aunque no miento al expresar la fascinación que un día me causó o cómo me ayudó a dejar ir los días, debo decir que no extraño hundirme en páginas, que no compro un libro hace mucho y que estoy “leyendo” uno desde hace un año sin poder acabarlo nunca... y eso que realmente me gusta el escritor.
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Es más fácil escuchar música, mejor si está en un idioma que no entiendes y solo te atrae la melodía. Es más fácil alcoholizarse , dormitar. No es consuelo pero somos millones los Lazaros que estamos aguardando a alguien que nos diga ¡levántate y báñate!
Es más fácil instalarse en la nada.
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Un amigo me dijo hoy por teléfono, a las seis de la tarde, que estaba esperando a que le hicieran efecto las pastillas para poder dormir.
Yo solo buscaba alguien con quien almorzar. Un tiempo atrás, con una sonrisa que iluminaba su rostro, me dijo que se casaría y que yo sería el padrino. Ese día y hoy pensé que todos somos soñadores, pero algunos soñamos con catástrofes.
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O como el niño que subía a los árboles porque pensaba que así/desde allí se miraba mejor al mundo. Se llamaba Lucas.
jueves, junio 30, 2011
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