lunes, febrero 22, 2010



Alicia me contaba que años después de que mi abuelo había muerto ella entraba velozmente por el pasillo hacia el cuarto del fondo a buscar la cama en la que pensaba a su esposo acostado, para contarle lo que acababa de ver en la televisión.

El dolor no se va. Lo que hacemos es moverlo, buscarle un espacio, un rincón. Con el tiempo vamos llenándonos por dentro de escondites; para cada uno de ellos hay una máscara en nuestros días, una mueca en nuestros rostros.

No podemos contra él mas para no enfermar hay que prender la luz del sotano que tenemos en la boca del estómago, ordenar.
Hay que acostarse en la cama vacía del esposo fallecido. Sentir nuevamente que todo se hace pequeño y obscuro.

Hoy soy vulnerable y enfrento. Me permito drenar el alma por los ojos y agradecer.
Agradecer... y liberar.

1 comentarios:

Anónimo dijo...

Tristecillo.