
Cuando tenía 13 años quemé un colegio.
Era tanta la soledad...
Mi niñez fue como un callejón
de película hollywoodense:
corría, corría y corría
hasta queencontraba el muro.
Nunca intente treparlo.
El paisaje me sigue deslumbrando:
los ladrillos, el cemento,
los basureros metálicos, las paredes carcomidas,
la desolación.
Me pareció fascinante derrumbar el muro,
estrellarme contra todo.
En ese oficio continuo aún hoy. Golpéandome.
Éste reventarse las manos contra el concreto son mis versos.
Yo no sé si escribir sea una manera de responder (me).
Solo sé que duele.













